El sistema de Cuevas en Cuarcita descubierto y explorado por Charles Brewer Carías en el Chimanta-tepui, ubicado en el Macizo Guayanés al sur de Venezuela es enorme y lleno de sorpresas espeleológicas.

15.32.36

 

Presentación

Este título pareciera haber sido escrito en uno de esos países sudamericanos que tienen los mejores jugadores de fútbol; porque nos resulta a la vez honroso y desconcertante, explicar como fue que avistamos, exploramos y descubrimos esta caverna que fue bautizada con nuestro nombre por los doce que me acompañaron en la primera exploración que irrumpió en esta oquedad insospechada, después de que creyéramos que estábamos allí para explorar un puente de roca situado a 2600m de altitud en la cumbre de una de los 10 tepuyes o mesetas que se yerguen sobre la superficie del Macizo de Chimantá.

Todo comenzó el 2 de enero del 2002, cuando volábamos sorteando nubes sobre el enorme Chimantá, invitado por Ricardo Cisneros  para establecer la posición de una grieta espectacular que su arriesgado piloto Raúl Arias,  había avistado al pie de un tepui distante y de nombre desconocido. Entonces al visitar la grieta que encontré ubicada en el Aprada-tepui, se me ocurrió que aquella espectacular formación podría llamarse: “La Cueva de El Fantasma”; debido a que la cascada que podría ocultar la entrada, me recordó el refugio secreto de aquel vengador del caballo blanco que Lee Falk dibujaba para las historietas de un periodico dominical.

Fue entonces cuando obtuve la fotografía emblemática de ese lugar cuya primera impresión engalanó la portada de un libro del sociólogo Issam Madi, y cuya divulgación, como descubrimiento geográfico, quedó establecida mediante una publicación que realizó el herpetólogo Cesar Barrio-Amorós para identificar una rana dendrobatidae  nueva que colectamos al pie de aquella cascada  (Barrio 2006); y en el voluminoso libro que escribimos para dar a conocer el desarrollo de aquella cueva que encontramos dentro del Chimantá que, además de resultar la mayor del mundo en roca cuarcita, resultó la de mayor volumen y dimensión en Venezuela (Brewer 2010).

Entonces, después de salir de aquella grieta enorme, le pedí al piloto que diera un giro para hacer unas fotografías de un agujerito que me llamaba la atención en medio del caos de rocas fracturadas que formaban la cumbre, cuando pasábamos a 500 metros de altura sobre el gigantesco Macizo del Chimantá (de 2600 m de altitud).

Ya era tarde, el tiempo no se mostraba muy complaciente con el helicóptero y el piloto, que resultó mas testarudo de los esperado, no se molestó en complacer mi solicitud y siguió de largo sin inmutarse. -¡ Por aqui hay miles de agujeros…! – respondió como buscando con su respuesta sarcástica alguna complicidad de nuestro anfitrión. Por lo que sin variar el curso de la nave continuó en dirección a Santa Elena de Uairén.

Aquellas rocas quebradas por fracturas y diaclasas que  dibujaban rombos inexplicables sobre la superficie de aquella meseta, eran ya conocidos de muchos tepuyes pero, cuando pasaba sobre ellos, me dí cuenta que había un riachuelo. Uno entre  miles, que parecía formar un puente rocoso y eso, si me resultó muy curioso.

Después, cuando revelé las dos fotos que había tomado aquel día, me dí cuenta como, al comparar la altura de aquel “agujerito” con la del dosel de un arbolito de Spathelia chimantensis que solo crece en el Chimanta, comprendí que ¡debajo de aquel puente rocoso podría esconderse el Poliedro de Caracas!

15.30.25

Damos la noticia

Fui a compartir la noticia de mi avistamiento con Franco Urbani, el mas calificado entre los espeleólogos del país y con Alicia Moreau, ya que ambos trabajaban en la Cartografía Nacional pero, como no les pude contagiar mi entusiasmo, decidí volar de nuevo sobre el Chimantá para ver estudiar aquella estructura  pero, a mediados del 2003 fui objeto de un asalto en mi casa y como quedé bastante malherido debido a una bala explosiva que me fragmentó el omóplato, pensé que las exploraciones quedarían en manos de mi hijo Charles y mi amigo Federico Mayoral; quienes se esforzaron por descifrar los mapas que yo había preparado en base a mis aerofotografías oblícuas y a una vieja aerofotografía vertical lograda 10 años antes por la Cartografía nacional.

Sin embargo, cuando al año siguiente me sentí major, aunque con la bala siempre dentro del cuerpo, logré convencer a 11 amigos para que me acompañaran a pasar una tarde después debajo de aquel puente que yo habría visto en la cumbre de un tepui del cuál casi nadie sabía de su existencia, excepto Otto Huber y los que trabajaron con él en su cumbre. Durante aquella visita tepuyana el Sr. Federico Mayoral ofreció que prepararía para todos una sopa tailandesa y algunos sushi; por lo que no sé todavía, si fue por la sopa o por el puente que enrolamos a tantos exploradores, pero  fue con su aporte como pudimos reunir lo justo para pagar el alquiler de un helicóptero que nos llevó hasta un lugar que nadie había visitado antes, situado en una montaña desconocida, para explorar allí algo que no sabíamos lo que era.

El 27 de marzo del año 2004, día del cumpleaños de Luis Alberto Carnicero, después de haber dormir en el poblado Pemón de Yunek,  llegamos hasta el supuesto puente rocoso que se encontraba a 2300 mts a de altitud. Por lo que no resultó extraño que sintiéramos frío y también una cierta dificultad para respirar cuando nos afanábamos. Estábamos preparados con linternas, cuerdas y buenos sacos de dormir y cuando nos reunimos a tomar la sopa aderezada con aceite de pescado fermentado, Alfredo Chacón Domínguez Moreau propuso que nombraran aquel portal con mi nombre; antes que ninguno de nosotros hubiese pensado, que con las exploraciones que haríamos un par de meses después, aquel supuesto puente rocoso se continuaba con cavidad que resultaría enorme y que sería catalogada por la revista “Speleo” de Francia y otra  media docena de publicaciones; como la mayor caverna en el mundo en Roca Cuarcita.

15.31.32

Aerofotografía oblicua del Macizo del Chimantá. En primer plano se aprecia el Churi-tepui con su cumbre a 2600 msnm. El trazo color rosado seala la posición relativa del sistema de cavernas exploradas hasta ahora dentro de esa meseta. Los extremos mas lejanos del trazo muestran la posición relativa de las bocas de las cuevas Colibrí y Eladio que están comunicadas con todo el sistema. El extremo más cercano, revela la posición de la Boca de Mamut o boca principal de la Cueva Charles.

 

Postrados como místicos

Explorábamos una caverna nunca hollada, poniendo atención en los lugares donde habíamos colocado unas torretas de piedra, a manera de hitos, para poder regresar de prisa hasta donde habíamos dejado un bote inflable que podría servirnos en el caso de que la cueva se inundara súbitamente. Recorríamos entonces oscuros laberintos que se retorcían como un intestino entre piedras y abismos insondables, atendiendo constantemente a la variación de la aguja del barómetro, a la tensión del hilo de rescate, al cambio en el sonido del quemador de la lámpara de carburo que llevábamos encendida, sin olvidar nunca la orientación debían llevar las pilas de las dos linternas que llevábamos para casos de emergencia, de manera de poderla recargar en plena oscuridad. Formábamos pués un equipo preparado física y mentalmente para superar casi cualquier imprevisto en un ambiente extremo; por lo que nos pareció extraño que Federico Mayoral pareciera haber retrocedido y con excitación inusual nos comentara; que mas adelante, en plena oscuridad, había visto como unos “corales marinos” surgían del piso de la caverna”.

Avanzamos entonces con mayor cautela y después de superado el ruido de una cascada, penetramos en un ambiente rodeado de un silencio espeso que nos indujo a un respeto reverencial difícil de explicar fuera de aquel lugar pero, que fue creciendo a medida que la luz de las lámparas fueron materializando imágenes insólitas que surgían del piso y las paredes de la caverna. Extasiados nos fuimos postrando como místicos, peregrinos ante un templo nuevo, venerando aquellas visiones con tal devoción, que si alguno de los esotéricos que viven en Santa Elena de Uairén nos hubiese visto en aquella actitud, habría pensado que finalmente habíamos encontrado el reducto final de los Ugha Mongulala procedentes de Akakor y que, aquellos Yantras o dibujos sagrados que adorábamos, habrían sido las señales que identificaban la salida de Akahim, como habría pronosticado Brugger). Pero los que allí nos arrodillábamos éramos unos escépticos darwinianos extremos, como repetiría después como un Mantra nuestro… compañero de investigaciones Vicente Marcano;  (sigue)porque nos encontrábamos en trance y arrodillados para así apreciar mejor las formas incomprensibles que sobresalían en la pared, que hasta aquel momento solo habrían sido identificadas por el sonar de los murciélagos que transitan el par de kilómetros de noche eterna que separa ese lugar de los ciclos circadianos que rigen la vida en el exterior de la cueva.

Después de aquel momento de contacto místico, pudimos haber regresado hasta el campamento y comentar, taza de té por medio, sobre lo emocionante de aquel lugar de sueños, como diría después el maestro Pemón Leonardo Criollo. Pero no habíamos ido hasta aquella caverna a la ventura, sino con el propósito de registrar lo que encontráramos, porque no solo éramos exploradores, sino creadores empeñados en darle forma y respuesta a cosas por las que nadie había preguntado. Descubridores trasnochados de otro siglo, dispuestos a informarle al mundo sobre la dirección, la inclinación y el ancho de los pasillos que taladraban estas las Islas del Tiempo que son los tepuyes, pero que no estábamos preparados para hablar sobre cosas para las que aun no se habían inventado palabras.

Cuando vimos surgiendo del suelo unas formas dendríticas que se repetían como corales con tal geometría fractal que permitía identificarlos y después vimos como en las paredes surgían esferas de sílice que nos recordaron hongos champignones gigantes; no estábamos aún preparados para hablar sobre cosas para las que aun no se habían inventado palabras

¿Pero, qué representaban aquellas formas estatuarias de núcleo opalino que nunca habían visto el sol y, cómo explicar, mediante el protocolo apropiado, sobre la existencia de aquellas estructuras hieráticas que Karl Brugger y Erich von Däniken habrían celebrado para apuntalar sus ideas?

¿Eran estas imágenes un instante del caos generado por las fuerzas meteóricas que moldean los elementos minerales inertes dentro de las cuevas, o es la geometría fractal que exhiben esas figuras la expresión de algún organismo vivo que las habita?

¿Serían estas formas la de unos viajeros en transito que, procedentes de otras galaxias, al estilo del tema de la película Alien, permanecen adormilados desde hace eones en el seno de estas naves de noche eterna que son las cavernas que visitábamos? ¿ y pudiera ocurrir que como resultado de nuestro encuentro que consideramos casual, habrán estos organismos logrado acceso a nuestros pulmones para alcanzar la luz; al igual a como lo hicieron las esporas de la histoplasmosis que desde entonces nos invadieron a todos los que allí estuvimos?

¿Acaso son los microorganismos moradores de estas estructuras, descendientes de la abiogénesis y representan una suerte de náufragos descendientes de Panspermia, viajeros del polvo interestelar y dueños de un proceso genético distinto al terrenal aunque desarrollándose en el entorno apropiado? ¿Y de ser así, cuándo y desde dónde habrían llegado aquellas formas por las cuales sentíamos una especial empatía; quizás por haber compartido ancestros comunes durante la larga espera del Precámbrico?

Desde entonces se nos ha hecho difícil dormir, porque con estas interrogantes dando vueltas como gatos encerrados en el fardo que es nuestra mente, hemos sentido una urgencia ancestral de ir como peregrinos para solicitar de puerta en puerta (mediante Internet) un mapa, una idea, un aliento para continuar con esta búsqueda sin rumbo fijo que nos lleva hacia otros horizontes aún desconocidos. Seguramente sentimos lo mismo que aquellos compañeros de Balboa que al llegar hasta el entonces el mítico Mar del Sur, no perdieron tiempo y construyeron en aquella costa pacífica,  los barcos que los llevaron hasta esa otra dimensión deslumbrante que resultó el imperio que por un golpe de audacia amarraron en Cajamarca. Pero estamos conscientes de lo que después ocurrió entonces y ahora, gracias a lo que hemos aprendido y vivido, hemos explorado, descubierto e inventariado para el mundo estas fronteras del conocimiento  que ya sirven de referencia para los que estudian la manera como la tierra pudo ser colonizada y transformada por visitantes que como estos,  resultaron nuestros antepasados.

La-exploracion-de-la-cueva-com_54408946895_51351706917_600_226

Charles

FUENTES:

http://www.natura-digital.org/
http://www.charlesbrewercarias.com

HorizontalAD1

Comments

comments